Hay un momento en la vida que lo que veníamos haciendo deja de alcanzar. No porque haya salido mal, sino porque ya no le encontramos el mismo sentido.
Durante la primera parte de la vida nuestra energía está puesta en construir: una personalidad, una identidad, un trabajo, una pareja, una familia, un lugar en el mundo. Un movimiento hacia afuera que es necesario, pero también en el que muchas veces nos adaptamos a lo que se espera de nosotros y a lo que creemos que tenemos que ser.
Pero el inconsciente a través de ciertas situaciones nos lleva en la segunda mitad de la vida a emprender un camino diferente al de la primera parte.
La crisis de la mediana edad muchas veces se hace presente por una sensación de vacío, de no encontrar rumbo, de tener aquello que se buscaba y aun así sentir que falta algo. Algunas veces llega porque partes de nuestra identidad comienzan a pesar al punto de no tolerarlas más. Otras veces aparece de una forma más chocante, a través de duelos, de cambios forzados, de despidos, separaciones o hasta de enfermedades. Situaciones que no elegimos, pero que nos obligan a salir de donde estábamos.
Dante comienza la Divina Comedia contando que, a mitad del camino de su vida, se encontró perdido en una selva oscura. Y para salir tuvo que descender al infierno antes de poder volver a ver las estrellas.

