Alexis Espósito

Cuando una madre no deja crecer a su hija

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Cuando una madre no deja crecer a su hija

La relación entre madre e hija puede adquirir formas complejas cuando la madre, de manera consciente o inconsciente, dificulta el acceso al mundo fuera de la relación entre ellas, y sobre todo a las relaciones de pareja. Esta “castración” es simbólica, pero sus efectos pueden ser concretos y persistentes en la vida adulta.

Suele manifestarse en mujeres que no logran establecer relaciones de pareja estables, que encuentran dificultades para profundizar o consolidar sus vínculos, que no puede crecer en cierta área de su vida o que experimentan conflictos en el ámbito de la sexualidad. No siempre se trata de una prohibición explícita. Con frecuencia, opera a través de frases, miedos, críticas, lealtades familiares y formas de dependencia que mantienen a la hija en una posición “infantil” y cerca a la madre.

Para mirar este tema podemos hacer una analogía con el cuento de Rapunzel.

La retención

Rapunzel está retenida en una torre por Gothel, quien ocupa el lugar de la figura materna. En muchos cuentos y mitos, la bruja o la madrastra representan los aspectos amenazantes o negativos de lo materno. No necesariamente se trata de la madre biológica, sino de quien encarna una función de crianza, cuidado y autoridad.

Gothel mantiene a Rapunzel aislada y le hace creer que el mundo exterior es peligroso. De manera similar, algunas madres transmiten a sus hijas, a partir de sus propias experiencias, temores y decepciones, una visión amenazante de los hombres, las relaciones de pareja, la vulnerabilidad o la sexualidad. Esto puede expresarse mediante advertencias constantes, restricciones para salir, comentarios descalificadores o reacciones de rechazo frente a una nueva pareja.

La retención busca conservar a la hija en una posición infantil, dependiente y próxima. Cada movimiento de separación, autonomía o apertura hacia el mundo puede ser desalentado, cuestionado o incluso prohibido. La torre representa, entonces, el espacio dentro del cual la madre permite que su hija se mueva y explore: un territorio delimitado por sus propios deseos, decisiones y temores.

El cautiverio de Rapunzel impide que se produzca una separación suficiente del mundo familiar y, por lo tanto, dificulta el acceso al mundo exterior. En esta lectura, ese mundo exterior puede estar representado por la posibilidad de encontrarse con un otro, de desarrollar una carrera profesional, desear algo propio o establecer una relación de pareja que no esté mediada por la madre.

El cabello

El cabello de Rapunzel es el elemento que le permite conectarse con el mundo exterior. En esta analogía, puede simbolizar la feminidad, la sensualidad y el potencial sexual de la hija. Sin embargo, es la madre quien controla ese cabello y decide cuándo puede utilizarse para subir o bajar de la torre. De este modo, también controla el acceso de la hija a una dimensión central de su identidad adulta.

El cabello constituye el vínculo físico entre la torre y el mundo exterior. Mientras permanezca bajo el control de Gothel, Rapunzel puede tener un contacto limitado con ese mundo y no puede apropiarse plenamente de aquello que le pertenece. Será más adelante, cuando logre (y necesite) reconocerse como alguien separado a su madre, que podrá utilizar ese recurso para salir de su encierro.

Desde esta perspectiva, la dificultad no radica en la feminidad o en la sexualidad de la hija, sino en la apropiación de esas dimensiones por parte de la madre. La hija puede quedar atrapada entre el deseo de crecer y el temor a perder el amor, la aprobación o la cercanía materna.

El hombre

Flynn Rider aparece inicialmente como un ladrón y representa aquello que está prohibido, lo desconocido y lo que irrumpe desde el exterior. No es casual que sea un hombre: en esta lectura, encarna la posibilidad de que Rapunzel conozca a alguien que no esté bajo el control de Gothel.

La presencia de Flynn introduce la posibilidad de mirar hacia afuera, desear algo propio y establecer un vínculo que no esté mediado por la madre. También permite que Rapunzel se confronte con una imagen diferente de los hombres y de las relaciones, más allá de la versión amenazante que le fue transmitida.

Gothel habla explícitamente con Rapunzel sobre los hombres y, cuando aparece Flynn, intenta instalar en ella una mirada de desconfianza y temor. Antes de que Rapunzel salga de la torre, le transmite que el mundo exterior es peligroso y que los hombres, en particular, pueden aprovecharse de ella.

Cuando descubre que Rapunzel estuvo con Flynn, lo descalifica y lo presenta como un hombre peligroso, mentiroso y motivado únicamente por el deseo de aprovecharse de ella. Incluso utiliza el miedo para hacer que Rapunzel dude de su propio deseo y de lo que experimentó junto a él.

Desde el análisis que venimos desarrollando, esto resulta especialmente significativo: Gothel intenta ocupar el lugar de quien determina qué hombres son deseables y cuáles son peligrosos. No se limita a proteger a Rapunzel; interviene sobre la capacidad de la hija para construir su propio criterio respecto del deseo y de los vínculos con los hombres. El mensaje implícito podría formularse así: “Vos todavía no sabés qué querés ni quién te conviene; yo sé qué es seguro para vos.”

De esta manera, la madre puede mantener a la hija en una posición de dependencia y, al mismo tiempo, asociar su despertar sexual y afectivo con el peligro y la culpa. El problema no reside únicamente en que Gothel advierta sobre los riesgos del mundo exterior, sino en que intenta apropiarse de la capacidad de Rapunzel para juzgar, desear y elegir por sí misma.

La relación con el padre

La relación de la madre con el padre ocupa un lugar central en la forma en que la hija construye su imagen de los hombres y de los vínculos de pareja. La madre no transmite esa imagen únicamente a través de lo que dice de los hombres, sino también mediante la manera en que se relaciona con el padre de su hija: sus acercamientos y rechazos, sus críticas, sus silencios, sus alianzas y sus conflictos.

A través de sus acciones o inacciones, la madre puede transmitir una determinada forma de relacionarse con lo masculino. Puede mostrar que el hombre es alguien peligroso, poco confiable, ausente, débil o prescindible; pero también puede transmitir que el vínculo con un hombre exige someterse, controlarlo, cuidarlo o competir con él. La hija no solo recibe un discurso sobre los hombres: observa, absorbe e incorpora una forma de vincularse con ellos.

Cuando la madre descalifica permanentemente al padre, limita el contacto entre ambos o coloca a la hija en el lugar de confidente y aliada, puede dificultar la construcción de un vínculo propio entre padre e hija. La hija queda entonces atrapada en una lealtad hacia la madre y puede sentir que acercarse al padre, reconocerlo o quererlo implica traicionarla.

La ausencia también puede transmitir un mensaje. Lo que la madre no permite, no defiende o no habilita puede ser tan significativo como lo que expresa abiertamente: no permitir que el padre se acerque, impedir el diálogo, silenciar sus gestos de afecto o no reconocer su lugar en la vida de la hija. En esos casos, la niña puede crecer sin la experiencia de un hombre diferenciado de la mirada materna y sin la posibilidad de construir una representación propia de lo masculino.

De este modo, la madre puede convertirse en la principal mediadora entre la hija y el mundo de los hombres. La hija conoce al padre a través del relato materno y, más adelante, puede acercarse a sus parejas desde esa misma matriz: esperando el abandono, desconfiando del deseo, temiendo la dependencia o reproduciendo formas de control y sometimiento.

No se trata de afirmar que la madre determina por completo el destino afectivo de la hija ni de responsabilizarla de manera unilateral. Se trata de observar cómo el vínculo entre los padres, y especialmente la manera en que la madre tramita su relación con el padre, puede influir en la forma en que la hija se separa, se identifica y se vincula con los hombres.

En la vida real, esta “castración” puede adoptar muchas formas. No suele presentarse como una prohibición directa, sino como una influencia persistente que se manifiesta en comentarios, silencios, advertencias, comparaciones o críticas. También puede observarse en la relación de la madre con el padre y en la manera en que esa relación condiciona el vínculo entre padre e hija.

Por ejemplo, una madre puede limitar o interferir en la relación entre el padre y la hija, ya sea mediante una descalificación constante del padre, transmitiendo una imagen negativa de los hombres o colocando a la hija en una posición de aliada, confidente o mediadora dentro del conflicto de pareja. En estos casos, la hija puede quedar atrapada en una lealtad familiar que dificulta su separación y su posibilidad de construir un vínculo propio.

La apropiación de la feminidad y de la juventud

En algunos casos, la madre no solo limita la sexualidad y las relaciones de su hija, sino que también consume simbólicamente su feminidad y su juventud. Puede hacerlo al criticar su apariencia, desvalorizar su sensualidad, cuestionar sus relaciones o hacerle sentir culpa por despertar deseo y recibir atención.

La juventud puede quedar comprometida cuando la hija es arrastrada tempranamente a los problemas de la familia, a las preocupaciones de la madre o a responsabilidades que no le corresponden. Así, en lugar de ocupar el lugar de hija, puede convertirse en cuidadora, confidente o sostén emocional.

La dificultad para acceder a una relación de pareja no debe pensarse únicamente como un problema individual de la hija. También puede ser el resultado de una trama vincular en la que la separación se vive como una amenaza, una traición o una pérdida. Para poder salir de la torre, Rapunzel necesita reconocer que el mundo exterior no pertenece a Gothel y que su deseo, su cuerpo y su capacidad de vincularse le pertenecen a ella.

La salida, en este sentido, no implica necesariamente romper el vínculo con la madre, sino construir una distancia suficiente para que la hija pueda diferenciar sus propios deseos de los temores, mandatos y expectativas maternas.

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